Mañana a mañana aprendí sobre la
vida, el compromiso, los deberes, los valores… el amor de la familia.
Aprendí, desperté cada fin de semana
con música de tintileantes cuerdas de charango, pulsos terrenales potentes de
bombo, gargantas andinas cantando a la montaña, al amor, a la tradición.
Desperté mil veces oyendo zampoñas
inspiradoras de viento andino, historias sobre árboles milenarios de vida, sobre
la sorprendente madre tierra, historias sobre el amor y el desamor, la vida tal
cual, poderosa con su peso… andante sikureada al paso de los instrumentos, el
tiempo, el amor, el duelo, la fuerza del río y el viento, el éxtasis de vida
que surge del llanto de un hijo, la soledad, los abuelos, el carnaval, las
temporadas y ritmos de la tierra en su cosecha… el amor a la madre, la
fecundidad, el sol, los animales, la luna, el agua.
Esa mi música de fondo, me hacía
imaginar la vida entre polleras de colores y quenachos de celebración… y más
tarde, cuando descubrí la danza todo calzó… el ritmo de mi corazón y mis pulsaciones
corporales, el deseo humano por ocupar un espacio en el mundo se sincronizaron
en el tiempo…
Fui una niña amante de mi raíz
indígena, imaginando con idilio las sonrisas de la gente sencilla, las manos de
los morenos de américa en sus distintos paisajes y colores, las wawas, sus
patitas en la tierra y el agua, y sus risueños ojos negros redondos, las brillantes
y apretados tejidos de esas trenzas
azabaches contenedoras de secretos de sabias mujeres…
La vida me llevó a conocer gente que
significó impulso a bellas oportunidades, todas transformadoras. Aprendí,
experimenté, me arriesgué, me alejé, perdí y gané… y me hice mujer, con dolor,
con pasión, con algarabía….
En medio de la convicción por una
América Libre me encontré con un moreno, viajero hombre fuerte, caminante de su
propio sueño… venía a vengar a un niño, un niño obligado a perderse en un mundo
ajeno, castigado junto a sus padres por ser luchadores por verdad y justicia para
su pueblo… un niño que creció en comunidad de migrantes, desdibujando su acento
boliviano, olvidando poco a poco los sabores de su tierra. Un niño que nunca
tuvo auto ni lujos, pero sus ojos negros redondos y sus cabellos curvos oscuros
delataban en medio del blanco invierno sueco su origen imborrable, los latidos de
su sangre afroperuana, sus manos campesinas andinas.
Entonces las di variaciones
coloridas febriles de cientas vigilias se hicieron reales. Los cálidos sueños
de coincidencias rítmicas, culturales, sensitivas se transformaban en
oportunidad. Me enredé en sus brazos en medio del festejo y el carnaval. Entre
chicha, zampoñas y felicidad auténtica le dejé abrazar mis deseos de mundo
mejor, le dejé entrar en mis sueños de vida de colores de awayo. Le dejé trenzar
mis cabellos para unirme más a la tierra. Anclé mis raíces a los Andes en
convicción de un pachakuti, de un tiempo nuevo. Y todo fue navidad… regalos,
festejos, comidas y cariño de hogar… en poco tiempo estábamos danzando
descalzos, tomando el sol los domingos, abriendo cada poro a la brisa vital,
tejiendo sueños juntos, riendo y disfrutando la vida con ritmo de los Andes,
con los ojos mojados clavados a un horizonte Illimani: un horizonte milenario,
fuerte y robusto, imponente como la cordillera e inagotable fuente de
misterios… estábamos en lo más alto de la corteza terrestre, allí donde la felicidad toca el cielo.
El invierno no fue fácil, nos
separaba la contingencia, las contradicciones de un mundo que cambia, la
distancia mundial entre el deseo del calor amor y el deber trabajo, las
inseguridades, los temores, las enfermedades … en soledad y pesar, mi corteza
de Pacha Mama se endurecía, mi sangre se preparaba caliente para ser fuente de
volcanes. Mi carácter se pulía día a día, luchando contra demonios, contra
garras de jaguar, sola… sola yo y mi esperanza.
Mi amor estaba lejos… mi corazón
añorando, guardando lágrimas que se convertían en fuerza madera.
Pero en medio de esas tormentas
borrascosas la lluvia comenzó a cesar…. Y poco a poco el sol vino a calentar la
fría cueva donde dormía. Con dulzura los pajaritos anunciaban la llegada de un tiempo
nuevo… era la festividad de un cambio en medio de un año que se había hecho
milenio. Y aunque terco el invierno, siguió vagueando entre soleadas tardes y
mañanas de nieve… por fin, se abatía y llegaba a su fin.
Cuando con un soplo de cordillera
sabia… un sábado 19 él volvió… cargaba una mochila de guerra y heridas de
insectos muestras de su propia batalla lejos de mí. Llegó, llegó… con sus pantalones
sucios y una boca ansiosa, robándome del agua tibia para traerme a la vida una
vez más.
Entonces todo volvió al origen. Se
forjaron los lagos, los ríos y los mares... entre suspiros surgieron los
valles, las quebradas, las playas tersas. Dos días duró la aurora… entre la luz
y el calor, donde después de siglos las esperanzas se convertían en encuentro,
en ceremonia ancestral.
Y de un soplo de vida, al tercer
día, la primavera apareció tímida y callada… y con ella tras la batalla del
tiempo, todo mi ser se desvaneció… pálida y lánguida estaba, con todo el peso
de la existencia sobre la cama… con los párpados pesados, con las piernas y
manos como cayendo desde la altura… era tan solo una luciérnaga de luz en mi
interior la que poseía toda la energía del universo… la que había robado todo
mi ser…
Y así fue entonces como nuestra
primavera llegó… hecha una hermosa luciérnaga de luz amarilla, luciérnaga de sol
y miel, símbolo de dos nuevas almitas complementarias en chacha-warmi…
Los anunciantes de una tierra nueva,
una tierra bonita, para nuestra vida plena.
