viernes, 13 de noviembre de 2015

Melodía de un sueño andino




Mañana a mañana aprendí sobre la vida, el compromiso, los deberes, los valores… el amor de la familia.
Aprendí, desperté cada fin de semana con música de tintileantes cuerdas de charango, pulsos terrenales potentes de bombo, gargantas andinas cantando a la montaña, al amor, a la tradición.
Desperté mil veces oyendo zampoñas inspiradoras de viento andino, historias sobre árboles milenarios de vida, sobre la sorprendente madre tierra, historias sobre el amor y el desamor, la vida tal cual, poderosa con su peso… andante sikureada al paso de los instrumentos, el tiempo, el amor, el duelo, la fuerza del río y el viento, el éxtasis de vida que surge del llanto de un hijo, la soledad, los abuelos, el carnaval, las temporadas y ritmos de la tierra en su cosecha… el amor a la madre, la fecundidad, el sol, los animales, la luna, el agua.
Esa mi música de fondo, me hacía imaginar la vida entre polleras de colores y quenachos de celebración… y más tarde, cuando descubrí la danza todo calzó… el ritmo de mi corazón y mis pulsaciones corporales, el deseo humano por ocupar un espacio en el mundo se sincronizaron en el tiempo…
Fui una niña amante de mi raíz indígena, imaginando con idilio las sonrisas de la gente sencilla, las manos de los morenos de américa en sus distintos paisajes y colores, las wawas, sus patitas en la tierra y el agua, y sus risueños ojos negros redondos, las brillantes y apretados tejidos de esas  trenzas azabaches contenedoras de secretos de sabias mujeres…
La vida me llevó a conocer gente que significó impulso a bellas oportunidades, todas transformadoras. Aprendí, experimenté, me arriesgué, me alejé, perdí y gané… y me hice mujer, con dolor, con pasión, con algarabía….
En medio de la convicción por una América Libre me encontré con un moreno, viajero hombre fuerte, caminante de su propio sueño… venía a vengar a un niño, un niño obligado a perderse en un mundo ajeno, castigado junto a sus padres por ser luchadores por verdad y justicia para su pueblo… un niño que creció en comunidad de migrantes, desdibujando su acento boliviano, olvidando poco a poco los sabores de su tierra. Un niño que nunca tuvo auto ni lujos, pero sus ojos negros redondos y sus cabellos curvos oscuros delataban en medio del blanco invierno sueco su origen imborrable, los latidos de su sangre afroperuana, sus manos campesinas andinas.
Entonces las di variaciones coloridas febriles de cientas vigilias se hicieron reales. Los cálidos sueños de coincidencias rítmicas, culturales, sensitivas se transformaban en oportunidad. Me enredé en sus brazos en medio del festejo y el carnaval. Entre chicha, zampoñas y felicidad auténtica le dejé abrazar mis deseos de mundo mejor, le dejé entrar en mis sueños de vida de colores de awayo. Le dejé trenzar mis cabellos para unirme más a la tierra. Anclé mis raíces a los Andes en convicción de un pachakuti, de un tiempo nuevo. Y todo fue navidad… regalos, festejos, comidas y cariño de hogar… en poco tiempo estábamos danzando descalzos, tomando el sol los domingos, abriendo cada poro a la brisa vital, tejiendo sueños juntos, riendo y disfrutando la vida con ritmo de los Andes, con los ojos mojados clavados a un horizonte Illimani: un horizonte milenario, fuerte y robusto, imponente como la cordillera e inagotable fuente de misterios… estábamos en lo más alto de la corteza terrestre, allí donde  la felicidad toca el cielo.
El invierno no fue fácil, nos separaba la contingencia, las contradicciones de un mundo que cambia, la distancia mundial entre el deseo del calor amor y el deber trabajo, las inseguridades, los temores, las enfermedades … en soledad y pesar, mi corteza de Pacha Mama se endurecía, mi sangre se preparaba caliente para ser fuente de volcanes. Mi carácter se pulía día a día, luchando contra demonios, contra garras de jaguar, sola… sola yo y mi esperanza.
Mi amor estaba lejos… mi corazón añorando, guardando lágrimas que se convertían en fuerza madera.
Pero en medio de esas tormentas borrascosas la lluvia comenzó a cesar…. Y poco a poco el sol vino a calentar la fría cueva donde dormía. Con dulzura los pajaritos anunciaban la llegada de un tiempo nuevo… era la festividad de un cambio en medio de un año que se había hecho milenio. Y aunque terco el invierno, siguió vagueando entre soleadas tardes y mañanas de nieve… por fin, se abatía y llegaba a su fin.
Cuando con un soplo de cordillera sabia… un sábado 19 él volvió… cargaba una mochila de guerra y heridas de insectos muestras de su propia batalla lejos de mí. Llegó, llegó… con sus pantalones sucios y una boca ansiosa, robándome del agua tibia para traerme a la vida una vez más.
Entonces todo volvió al origen. Se forjaron los lagos, los ríos y los mares... entre suspiros surgieron los valles, las quebradas, las playas tersas. Dos días duró la aurora… entre la luz y el calor, donde después de siglos las esperanzas se convertían en encuentro, en ceremonia ancestral.
Y de un soplo de vida, al tercer día, la primavera apareció tímida y callada… y con ella tras la batalla del tiempo, todo mi ser se desvaneció… pálida y lánguida estaba, con todo el peso de la existencia sobre la cama… con los párpados pesados, con las piernas y manos como cayendo desde la altura… era tan solo una luciérnaga de luz en mi interior la que poseía toda la energía del universo… la que había robado todo mi ser…
Y así fue entonces como nuestra primavera llegó… hecha una hermosa luciérnaga de luz amarilla, luciérnaga de sol y miel, símbolo de dos nuevas almitas complementarias en chacha-warmi…
Los anunciantes de una tierra nueva, una tierra bonita, para nuestra vida plena.